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#microcuento

Y en la torre principal de la Catedral sin nombre, una viuda negra dejó un reguero de rosas blancas de su ramo de novia, para marcar el camino que le ayudaría a encontrarse tras perderse en la más íntima soledad... no sabía que sus lágrimas contaminadas borrarían sus huellas... #microcuento                 @saraoss

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Y con el último beso de despedida, dos cuerpos sin rumbo fueron separados por el destino. Al caer la noche, sus sombras quedaron abrazadas, ancladas en el mural del suelo, desafiando el paso del tiempo... #microcuento                        @saraoss

LA PRIMERA VEZ QUE MUERA

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Me desperté con un sabor amargo acompañado de un fuerte dolor de cabeza. Sentada en la alfombra del salón, con la cabeza apoyada en el asiento del sofá de piel roja todo me daba vueltas. Las cortinas dejaban al descubierto un ligero velo de luz con partículas de polvo flotando en el ambiente. La noche había sido larga, y el día se presagiaba aún más eterno. Desde que Billy abandonó el apartamento con Tiffany, el reloj ya no narraba el tiempo… que parecía detenerse delante de mí, mirarme fijamente y desaparecer sin dar un paso al frente. Mis recuerdos yacían apilados y desordenados como el mar de lágrimas que me invadió la noche anterior. Me sentía invisible ante el mundo. Ni siquiera el espejo reflejaba mi silueta, recortada por la pérdida de peso repentina tras aquellos meses traumáticos que dejaron la huella más imborrable de la historia de mi existencia: la pérdida de mis padres en accidente aéreo, dos abortos, y el abandono de Billy la noche en la que se enteró de que era l...

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Y bajo el embrujo de una luna impaciente que restaba protagonismo a aquel horizonte incipiente, ella se atrevió a pronunciar su deseo más íntimo, dando lugar a la mayor lluvia de estrellas de la historia... #microcuento            #bysaraoss

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La tormenta de fuego apagó la llama de la mujer de hielo. Jamás volvió a salir el sol en su reino... @bysaraoss              #microcuento

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HASTA EL ÚLTIMO SUSPIRO

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  El reloj no paraba de girar sin marcar las horas. La vida desfilaba sin orden ni sentido por las calles a medio construir, en un barrio pobre que prácticamente había llegado a su fin sin haber relatado sus inicios. Condenado a muerte sin motivo, en medio de la nada, sin haber existido. El silencio invadía la habitación sin ocupar apenas espacio. Y desde un cielo sin abrir, la luz intentaba hacerse un hueco entre las tupidas cortinas de satén marrón que daban la espalda a un mundo cansado de girar en el mismo sentido. Y mientras, al otro lado del balcón del cuarto piso del hospital militar de campaña al norte de Tailandia, donde solía colaborar al menos una vez al año en proyectos humanitarios como voluntaria. Era duro, sí. Pero desde la muerte de Alberto era lo único que me llenaba, que me completaba y le daba sentido a una vida sin rumbo fijo desde hacía ya año y medio. La pérdida repentina en accidente de aeronave marcó un antes y un después en mi forma de ver la vida...